![]() |
| Foto: Byron Giron |
Desde el otro lado del charco: El eco chivo que nunca se apaga.
Una historia de fútbol, distancia y amor por el Xelajú MC en su camino a la Copa centroamericana.
"2,333 metros es lo que hay del Llanto Super Chivo hacia el nivel del mar", son las palabras que escribió Tuco Cárdenas en una de sus últimas canciones titulada Llanto Super Chivo. Y, para ser honesta, son de las letras que más me han tocado en los últimos meses. La escuché por primera vez en diciembre del 2024, cuando volví a mi Xela después de once años.
Hoy, 30 de octubre del 2025, esta canción la canto pero con números diferentes, y podría decir que estoy a 10,200 kilómetros del llanto super chivo. Así es: soy una quetzalteca que vive en el extranjero, y que hoy me desperté con la curiosidad de abrir el teléfono, aunque en el fondo no quería hacerlo, porque quería seguir ilusionada esperando la noticia de que mi Xelajúito; como comúnmente le llamo, había pasado a la final. Aun así, me armé de valor y decidí abrir el teléfono. Los sueños se hacen realidad.
En mi mente, automáticamente suena un "ta ta ta ta ta ta ta... Rana".
En mis recuerdos está el grupo Rana cantando Luna de Xelajú, y todos sabemos que si sonaba esa canción un domingo, era porque había partido, y había que apoyar al equipo. Recuerdo a mi tío en el sofá viendo el partido, o Stereo 100 sonando en el equipo de sonido, transmitiendo uno de los encuentros; recuerdo también a mi hermano yendo al estadio. Yo crecí así, con todo esto que me circundaba.
En el 96’ recuerdo que volvíamos con mi familia de la capital y nos quedamos en medio del eufórico tráfico hacia Xela: el Xelajú había obtenido la tercera luna, venciendo a Comunicaciones. Por primera vez, todo el occidente del país se unía a la alegría de ver a un departamental siendo campeón por tercera vez.
Durante los siguientes años, Xelajú fue siempre el equipo en el que toda la afición Super Chiva ponía su fe. Se sabía que jugaba Xela porque se cerraban las calles aledañas al estadio; había ventas de comida, camisolas y distintivos con el escudo del Xelajú M.C. Si ganaba Xela, en la 14 Av. se formaba la fila de carros tocando bocinas; y si perdía, solo se veían los carros con la banderita en la ventana, ondeando en silencio.
Xelajú tuvo sus altibajos en la liga mayor —ascensos y descensos—. Yo emigré por primera vez, pero mi mamá, siendo también ella una hincha chiva, me mantenía informada del equipo. Recuerdo a Aragón y su fallecimiento; lo viví como si hubiera estado presente en el país, teniendo en cuenta que en ese entonces la tecnología y la comunicación eran más limitadas y menos accesibles.
Regresé a Guatemala en febrero del 2007, y cambió mi manera de vivir el fútbol. Se volvió más mío; ya no solo el equipo que jugaba el domingo y que en casa veíamos siempre, donde sonaba el grupo Rana con Luna de Xelajú, era vivirlo también con amigos, y con muchos de los cuales fue ahí donde estrechamos nuestras amistades.
Mayo de 2007. Con apenas tres meses de haber regresado al país, empezaron a sonar más frecuentemente para mí los nombres de Paterson, Silva, Cubero, Marvin Barrios, Estacuy, Morales, Jurado. Xela pasó a finales. Jugó el partido de ida en casa; para ser honesta, creo que todos esperábamos que se jugara contrariamente para poder tener en casa el partido de vuelta, pero no importó: la afición se desató a hacer filas en los bancos para comprar las entradas, a dormir en el estadio, a hacer fiesta en las calles mientras se esperaba que se abrieran las puertas la mañana siguiente. Quizás desvelados, pero ahí estábamos, ansiosos de ver jugar a nuestro querido equipo.
Partido sufrido, marcador en contra: Xela 0 - 1 San Marcos.
Esperábamos un cambio en el partido de vuelta, en el Marquesa de la Ensenada.
Partido de vuelta en San Marcos. Primer tiempo, tres goles. Cardíacos todos los minutos vividos. Fin del partido: tres goles de Cubero, uno de Silva. Global: 4 Xela - 1 Marquense.
Todos a las calles, con mis amigos a saltar, gritar y parar el tráfico, porque Xela había sido campeón. Bajamos al parque porque ahí estábamos todos los que no pudimos ir a San Marcos.
Pero, sorpresa: el recibimiento no era en el parque. Entonces nos movimos a la rotonda, porque ahí esperaríamos a que llegara el equipo, llegó a eso de las cuatro de la mañana.
Para llegar a Xela había tanto tráfico como en aquel 96´, de quienes hasta fueron a encontrarlos.
Fue nuestra cuarta luna, que llegaba en un momento en el que la afición necesitaba un regalo por su fidelidad en cada partido, y sin dejar de lado que era un clásico de occidente.
Recuerdo que la afición super chiva fue siempre reconocida como la más grande de Centroamérica. Tanto era así, que hasta extranjeros se unían a las porras porque se sentían identificados y acogidos por el calor chivo que se vivía en el estadio, partido tras partido.
Ahora que lo pienso, cuando el equipo perdía, se veían aquellos rostros de extranjeros tristes pintados con los colores azul, blanco y rojo —Pero si ganaba los mismos rostros pero llenos de euforia, la misma pasión, como si hubieran nacido en Xela.
Recordando la quinta luna, final cardíaca como solo Xelajú sabe hacerlo. Fue un partido importante, porque se jugaba contra Municipal, que venía ganando junto con Comunicaciones por varios años consecutivos. Y nuevamente llega Xela a cambiar la historia: expulsión, penales, y para variar, el juego fuera de casa.
Por el 2014 vuelvo a salir de Guate y es a partir de ahí, donde empecé a vivir el fútbol diferente.
A vivir los partidos de mi Xelajú con otra perspectiva, con otros horarios. Saber qué si juega Xela tengo que esperar a la mañana siguiente para conocer los resultados del partido jugado.
Era el 2023, cuando en plena madrugada recibo una llamada de uno de mis mejores amigos, con quien compartimos tantas emociones junto al equipo —tantas emociones y casi paros cardíacos.
Sus palabras fueron: “¡Somos campeones!”.
Él, al otro lado del teléfono y al otro lado del mundo, gritando a todo pulmón y llorando -si no recuerdo mal, ya que estaba media dormida-, porque nuestro Xelajú había conseguido la sexta luna, por la que tanto habíamos soñado los once años anteriores.
Fueron sentimientos encontrados, inexplicables. Nadie entiende lo que significa que el equipo con el que creciste sea campeón, estando lejos, equipo que ni siquiera conocen. Por mucho fútbol que haya, por muy grandes que sean otras hinchadas, nunca será el mismo sentimiento ni la misma pasión.
Porque Xela, más que jugar campeonatos o ganarlos, vive emociones en cada uno de sus partidos.
Diciembre de 2024, vuelvo a casa después de once años de ausencia pero solo por algunas semanas, y con la esperanza de poder ver un partido de mi Xelajú, pero no se pudo ir al estadio. Aun así, hubo reencuentro con algunos amigos, para revivir momentos que solo un chivo puede entender.
Amarini, Calderón, Aparicio, Báez, entre otros —nombres que resonaban.
Xelajú, en otro partido cardíaco, nos da esa séptima luna, que quizás la afición Super Chiva no esperaba que llegara tan rápido. Esto abre la puerta para volver a la Concacaf.
Para algunos, ya solo creer que Xela fuera campeón resultaba difícil de aceptar; imaginémonos creer que llegarían tan lejos. Las veces anteriores no se había logrado, pero ahí estaba el equipo, dándole la vuelta a la historia. Cada partido era emocionante: ver a campeones ceder uno por uno daba más esperanza de verlo campeón de la Copa Centroamericana de Concacaf.
Esta vez es diferente. Veo viajar a la hinchada Super Chiva por lo largo y ancho de Centroamérica, haciendo honor a la reputación que por años se ganó: ser la más grande, la más leal, única, la que ha estado en las derrotas, bajo la lluvia, bajo el sol, sin dormir, sin voz. Veo a un equipo terminar un partido, pararse enfrente de la afición y cantar en una misma vos Luna de Xelajú.
Automáticamente, las lágrimas inundan mis ojos. No pierdo la esperanza de ver campeón de la Copa Centroamericana al equipo de mi infancia, de mi juventud, de mis tristezas y de mis alegrías, de mis emociones más intensas.
Porque ser Super Chivo no se mide en victorias, se mide en el corazón. Y aunque el tiempo pase, aunque los kilómetros nos separen, aunque tenga que esperar hasta el siguiente día para saber los resultados, no poder ver en vivo un partido, estar con amigos y gritar a todo pulmón, salir a las calles a cantar "Luna de Xelajú", y ya no solo con el grupo Rana, sino con tantos otros que van formando parte de la identidad Super Chiva...
Yo seguiré gritando en mis adentros, soñando y esperando cada siguiente día los resultados.
Cuando Xelajú MC gana, el corazón late a mil.
Por: Keren De León, —desde el otro lado del charco.

No hay comentarios:
Publicar un comentario